El difícil arte de decir “no”

Sentimos que rehusarnos es mala educación, es poco amable, es ingrato, es tantas cosas negativas que decimos que sí aunque no queramos. Sin embargo, es posible y deseable saber responder con esa pequeña palabra que es  una oración completa: no

No quiero, no me gusta, no estoy disponible, no se me antoja, no me interesa. Simplemente no. Quizá la palabra que más conflicto nos provoca decir sea “no”, así que para evitar ese conflicto, decimos que sí.

Piensa en los niños pequeños: los adultos les celebramos que digan que sí (sí van a comer, sí van a dormir, sí van a avisar para ir al baño) y, a pesar de ello, en un momento de su desarrollo normal aprenden el gesto y la palabra “no” y la dicen aunque entren en conflicto con nosotros (el estira y afloje entre padres e hijos), lo cual significa que han adquirido cierta capacidad de juicio, de toma de decisión y de negación. ¡Es un gran logro en su vida!

Pero en nuestro camino a la adultez es común que nos enseñen que “es feo” decir no, que ayudar al prójimo, ser una buena persona y la única manera de ser valoradas es diciendo “sí”, así que el miedo al rechazo y el sentimiento de culpa cuando nos negamos provocan que el “sí” gane terreno hasta que perdemos la práctica de responder que no.

El derecho a pedir un favor y el derecho a no hacerlo

Si le pides a alguien que cuide a tu perro una semana porque te vas de vacaciones, debes otorgarle el derecho a decir que sí o que no sin justificarse (no debería tener que decirte que les tiene miedo a los canes, que es alérgica, que no quiere o cualquier otra cosa). De la misma manera, tú tienes derecho a contestar que sí o que no sin necesidad de justificarte cuando te piden un favor. Esto sucede en un mundo ideal pero no todos lo ven así. Sin embargo, considera lo siguiente:

  • Los amigos verdaderos y los seres queridos te quieren por quien eres, no por lo que obtienen de ti.
  • Todos tenemos necesidades y problemas. Si dejas que los demás sumen los suyos a los tuyos vivirás en una tormenta. Hay que establecer límites.
  • Sé selectiva: no se trata de que digas que sí sólo a las situaciones de las que obtendrás algo (desde sentirte bien hasta que te deban un favor), sino que lo digas cuando te sientas cómoda con esa respuesta.
  • Si algo va en contra de tus sentimientos o valores, prémiate por decir “no”.

Contrarresta a los manipuladores

Los limpiaparabrisas que se avientan a los autos y comienzan a lavar y la gente que te regala una rosa blanca en la calle y te desea lo mejor usan la misma técnica que ese colega que siempre te dice “hay que hacer este reporte para mañana y les dije a los jefes que tú eres la única persona capaz de hacerlo”: la culpa. Todos ellos usan un truco psicológico llamado reciprocidad, y saben que como aparentemente hicieron algo por ti aunque tú no lo hayas pedido (lavar el parabrisas, regalarte una flor, hablar bien de ti frente a los jefes), te sentirás obligada a retribuirles —con una moneda o haciendo un trabajo que no es tuyo—.

Lo bueno es que esa “ley de la reciprocidad” tiene un antídoto: en cuando digas que no al favor que te piden u otorgan, pídeles tú un favor que sabes que se negarán a realizar, así cuando te digan que no, tu propio no habrá quedado cancelado porque se crea un sentimiento de justicia (tú le dijiste que no y la otra persona te dijo que no).

Aquí va un ejemplo: el colega que siempre te pide que hagas tú sus reportes y a quien nunca te atreves a decirle que no. La próxima vez, respóndele que no y de inmediato pídele que haga por ti una presentación en PowerPoint de 50 láminas. Ahora él tendrá que disculparse por no poder hacerte el favor y lo más probable es que se sienta tan incómodo que deje de usar su manipulación contigo.

Esta técnica funciona muy bien hasta con los mejores manipuladores de la reciprocidad. Eso sí: debes pedirle algo que sepas que se rehusará a hacer, algo muy grande (“Ay, qué lástima, no puedo, pero la próxima semana necesito salir temprano todos los días porque tengo algo que hacer, ¿me cubres?”), así si te dice que sí, al menos tú habrás obtenido un beneficio… y sin culpas.

Agrega la técnica del “porque…”

Fíjate en el uso del “porque” en el favor de salir temprano del párrafo anterior. A finales del siglo pasado, tres psicólogos realizaron el llamado “experimento Xerox”: en filas largas para usar la fotocopiadora, uno de ellos le dijo a cada persona formada: “¿Puedo pasar antes que usted?”. y notaron que más o menos la mitad decía que sí. En otras filas, lo que preguntaban era: “¿Puedo pasar antes que usted porque necesito sacar unas copias?”, y el resultado fue que casi todos respondían que sí.

Si te fijas, la segunda petición no tiene sentido: todos estaban formados porque necesitaban sacar copias, sin embargo, cuando escuchamos una razón tendemos a dar una respuesta automática sin evaluar la razón, como si la petición estuviera justificada en el segundo caso pero no en el primero.

Así que, úsalo a tu favor: cuando quieras responder que no, hazlo seguido de “porque….” y pide un favor en seguida. Así la conversación terminará sin malos sentimientos.

Y recuerda, responder que no expresa lo que sientes, piensas, o no quieres. No te hace mejor ni peor persona, pero sí una más asertiva.

10 Hábitos sencillos para crecer en el trabajo

Creces en el trabajo no sólo cuando te dan un aumento o un ascenso, sino también cuando alcanzas metas, superas debilidades e incrementas tu satisfacción al realizar tu labor

Crecer en tu carrera profesional, sin importar el nivel que ocupes en la empresa ni el tamaño de ésta, tiene mucho que ver con esa sensación de satisfacción, orgullo y gusto por un trabajo bien hecho, por una meta alcanzada, por un proyecto aceptado.

Aquí te presentamos algunos hábitos comprobados que provocarán que tus colegas te vean con nuevos ojos, que los jefes se den cuenta de tus logros y, lo más importante, que te sientas contenta y feliz con tu trabajo.

1. Cambia la polaridad de tu diálogo interno

Si notas que tus pensamientos son negativos, o que te hablas mentalmente de manera negativa (“no lo voy a lograr”, “no tiene caso que me esfuerce”, “eso no me va a salir bien”), cambia su polaridad a positivo de manera consciente y respóndete de inmediato “Sí lo voy a lograr”. “Todo esfuerzo vale la pena”. “Si no me sale bien, lo analizaré y trabajaré en lo que no domino”. “Claro que puedo” . En otras palabras: sé tu propia porra. Motívate. ¿Quién mejor que tú para ser tu fan número uno?

2. Escucha. De verdad escucha

No dejes que lo que otros dicen sea información momentánea sólo para responder cualquier cosa. Si escuchas con atención, obtendrás más información, conocerás mejor a tu interlocutor y le harás sentir que lo que dice importa —puntos a tu favor para crear mejores relaciones interpersonales—.

3. Los obstáculos no deben drenar tu energía

Considéralos retos. Busca maneras de superarlos y alianzas para hacerlo. Eso fomentará el espíritu de cooperación y más colegas (y jefes) conocerán tus ideas y habilidades para resolverlos.

4. Metas a plazos

Mide tu progreso fijándote metas a corto, mediano y largo plazo. Disfruta la satisfacción de alcanzar cada una, por pequeña que sea, sin perder de vista tus metas a futuro.

5. Comunicación clara

Es común que las personas no sean claras respecto al trabajo que debe realizarse, y que quienes han de hacerlo interpreten lo que les pidieron. ¿El resultado? ¡Uf! Puede ser desde algo inadecuado hasta una catástrofe. Sé tú quien haga preguntas para ayudar a que el equipo comprenda lo que se espera de ellos. Y si tú eres la jefa, asegúrate de que tu mensaje haya sido claro preguntándoles —amablemente— si tienen dudas o sugerencias.

6. Reconoce los logros ajenos

A todos nos gusta que nuestro trabajo sea apreciado, así que pon el ejemplo reconociendo el trabajo de los otros —incluso si no son de tu área—. Reconoce su labor y sus logros tanto como te gustaría que te reconocieran los tuyos. (Eso sí: hazlo con honestidad).

7. Que no te ganen las emociones

Somos humanos, tenemos sentimientos, emociones, actuamos y reaccionamos. Analiza cómo te sientes cuando algo pasa en el trabajo —bueno, malo—, que sientes y cómo reaccionas. No dejes que tus emociones guíen tus acciones: equilíbralas pensando las cosas de manera racional.

8. Sé congruente con tus valores

Algunas personas creen que no pasa nada si se llevan una pluma o cien hojas de la impresora del trabajo, pero se indignan si las asaltan en la calle. Asegúrate de actuar siempre con ética y moral, es decir, siguiendo siempre tus valores. Recuerda: no es la pluma: es el acto.

9. Inventario de fortalezas y debilidades

Haz una lista de las habilidades que tienes y otra de tus debilidades. Tus habilidades te van a ayudar siempre, y ser consciente de eso en lo que no eres tan buena… también. Por ejemplo, si eres dispersa particularmente con tareas que no te gustan, usa la técnica del timer: programa una alarma en tu celular para que suene en 25 minutos, y durante ese tiempo realiza esa tarea que no te gusta sin distraerte ni hacer ninguna otra. Usa esta técnica durante un mes y verás que pronto lograrás avanzar a pesar de ese punto débil tuyo. El punto es que quizá no puedas cambiarlas, pero sí encontrar maneras para “darles la vuelta” y avanzar a pesar de ellas.

10. Agradece cada día

Empieza y termina tu día laboral dando las gracias por los retos, los colegas agradables, las risas, las metas de esa jornada, las posibilidades de crecimiento, lo que aportas, el ejemplo que das, lo que aprendes de los otros, las relaciones que creas… Tu lista puede ser muy corta o muy larga, pero asegúrate de decir “gracias”.